Con cariño, Julia Toro. Reseña a Análogo: Fotografías re-encontradas.
- Natalia Pérez
- 19 abr
- 4 min de lectura

Hay cierta magia en levantar la cortina de una galería y en vez de encontrar una exposición clásica entrar a un pequeño cuarto oscuro. Ajustar la mirada a la luz roja que inunda la sala y encontrarse con imágenes en blanco y negro colgadas, sujetas con perritos de ropa. Luego, detenerse frente a una imponente ampliadora que proyecta continuamente distintas fotografías y, a su lado, observar las cubetas de revelado con imágenes sumergidas.
El día de ayer, 10 de marzo, se inauguró la muestra Análogo: Fotografías re-encontradas de Julia Toro en la galería FLACH, bajo la curatoría de Antonio Bascuñán. Se trata de una propuesta distinta a la que ocurre en paralelo en el Centro Cultural La Moneda con la exposición Huellas y desplazamientos. Mientras esta última se presenta desde un enfoque más institucional, Análogo se despliega como una experiencia experimental e inmersiva, profundamente personal y afectiva. Esto resulta especialmente significativo considerando que la esencia de la artista radica en su relación con la visualidad desde el amor y la ternura, como lo evidencia su libro recopilatorio Amor x Chile, publicado por la editorial Ocho Libros y editado por su hijo, Mateo Goycolea. Allí, la autora escribe: “mis fotos tienen la validez de la honestidad, son tomadas desde el corazón”.
No solo las fotografías de la muestra en la Galería FLACH pertenecen a Julia, sino también el texto que la acompaña, impreso en el reverso de un póster que se entrega al público con su imagen más emblemática: La camisa. Es allí donde relata el ritual del revelado fotográfico al cual nos buscan transportar: un proceso que le tomaba todo el día, donde Jaime —su marido en ese entonces y compañero en la fotografía— preparaba los químicos y el cuarto oscuro en su casa del barrio Concha y Toro. Cuenta cómo las imágenes datan de 1976 a 1977, en plena dictadura. Sin embargo, no son fotografías combativas de un Chile desgarrado y doloroso, sino más bien hay una resistencia del cotidiano y de la belleza que se puede encontrar al mirar con suficiente atención aquello que no es extraordinario.
Los archivos que hoy cuelgan en las paredes son aquellos que fueron enviados a Nueva York a su hermano, Alfredo Toro, quien los conservó con gran cuidado hasta su fallecimiento en su casa de Reñaca. Fue la hija de Julia quien descubrió estas fotografías perdidas entre las pertenencias de su tío, y son precisamente esas imágenes las que se presentan en esta muestra in situ.
Rostros y corporalidades destacan en las pequeñas imágenes montadas. Un ejemplo es la escena de una mujer maquillándose, concentrada frente a un pequeño espejo, con la boca entreabierta en un gesto de atención. Se trata de un ritual cotidiano que, gracias al contraste del blanco y negro, adquiere un carácter casi cinematográfico, como si se tratara de una escena detenida en el tiempo. Y es que sus fotografías cuentan historias.
Otro ejemplo es el de una pareja desnuda, recostada sobre un colchón en el suelo, de espaldas al espectador y sumidos en un abrazo ajeno a toda mirada, perdidos en el tacto del otro. No hay en ello un afán pornográfico, sino más bien la intención de mostrar la intimidad de ese momento: aquellos instantes que, en la soledad, son los más extrañados y añorados. Por lo mismo, la imagen cala hondo en el cuerpo sensible de quien observa.
O la fotografía de una mujer completamente desnuda, arriba de la cama y frente a una ventana. Le brinda su espalda al espectador y a la vez sostiene algo en su mano, ¿un libro o un VHS?. La curvatura de su cuerpo hace que su cuerpo esté tensado hacia la izquierda, mirando hacia un fuera de campo luminoso. Todas estas fotografías son escenas sin deseo y sin morbo, profundamente estéticas, donde destacan los detalles del cotidiano sin una narrativa que busca tensionar o denunciar, sino mostrar aquello profundamente conocido en nuestro paseo retiniano. Imagino el gesto de sumergir el papel en el revelador hasta que, desde las sombras, emergen esos aciertos de Toro: sumida en su ángel fotográfico, satisfecha con sus tomas, colgándolas luego para que sequen.
Toro, a pesar de sus 91 años, se encontraba presente en la galería, sentada con lentes de sol que le daban un aire de rockstar del mundo del arte. Sonreía. ¿Sabrá ella cuánto la admiramos? Nos acercamos para que nos firmara sus diarios, disponibles a la venta por la editorial LUMEN. Los sostuvo con sus delicadas manos, deteniéndose en cada trazo, dando énfasis a la caligrafía: “Con cariño, Julia Toro”. Salimos contentas, con nuestras copas de vino en mano, en medio de una sala completamente atiborrada donde ya no cabía un alma más. Es una alegría tremenda que se rindan homenajes a las fotógrafas que marcaron un antes y un después en la cultura visual chilena… es urgente que esto continúe y que otras artistas puedan vivir el reconocimiento en vida por su trayectoria.
Por un lado, quisiera que esta experiencia se hubiera mantenido casi en secreto, reservada para quienes tuvimos la suerte de visitarla durante los siete días en que estuvo montada. Por otro, quisiera que todo el mundo pudiera acceder a esta propuesta curatorial inmersiva ver cómo la fotografía es una decisión de cómo cada uno observa el mundo, y esta vez, fuimos invitados a conocer la mirada de Julia Toro.




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