Un lengua, dos cabras (que son una) Crítica Pensión de Alimentos de Rocío Escobar por Catalina Vergara
- Catalina Vergara
- 26 may
- 6 min de lectura

En Pensión de Alimentos se presentan las andanzas de la chupacabros, una cabra que habita, junto a sus compañeras, en el centro de un cerro rodeado por la Gobernación de la Montaña Andina y los Secuaces del Perfecto Orden y, también, en la ciudad. En los claroscuros de estos versos se construye una lengua rebelde y rebosante de vitalidad que hurga en la tradición poética y en la cultura pop para oponerse al orden y al lenguaje establecido. En este segundo libro de Rocío Escobar, publicado por la Calabaza del Diablo el 2025, se da a conocer una visión de la marginalidad, de lo sagrado y del lenguaje como experiencia viva.
Antes de comenzar el análisis como tal, cabe mencionar que el título da luces de uno de los hilos que enlaza la obra completa. El abandono del padre viene acompañado, muchas veces, de una pensión de alimentos que nunca llega. En este libro se retrata la ausencia como una acción violenta, permitida y patriarcal que vulnera de manera silenciosa una infancia y un territorio. El poemario alude innumerables veces al acto de alimentarse, marcando así la comida un ritmo incesante, tal como esa angustia de si llega o no la plata de la pensión. Si bien solo al inicio se nota una clara escasez de alimentos, a lo largo de la obra hay una preocupación por la comida: “bono canasta básica/ canasta básica familiar postular/ canasta básica cuando se paga”. Basta con leer el título para notar que de inmediato se presentan dos palabras que deberían significar la obligación económica del padre hacia su hijo, pero que realmente terminan significando lo que está dentro de esta obra.
Un primer elemento que llama la atención es cómo se presenta lo sagrado en el poemario, pues aparece asociado directamente con la naturaleza. En medio de esta crisis en la que los paisajes endémicos son poblados por eucaliptos y la tierra es explotada a destajo, se encuentra, en medio del cerro, la chupacabros con su madre y otras cabras. A ratos hay una especie de voz coral en la que parecen ser todas un ser colectivo: comen gozosas lo que desenterraron del suelo en el valle, hacen rituales y resisten a la Gobernación de la Montaña Andina en la cordillera. Sin embargo, hay algo diferente en la chupacabros, ella, hija de “la cabra de cerro” y Eloy, posee una cualidad mesiánica y dual. Al inicio aparece Abyzou, una entidad demoníaca relacionada a los abortos. Ella le anuncia a la madre que su hija encarnará una dualidad particular, que son dos cabras en una. Abyzou aparece también en las observaciones de quienes bautizaron a la chupacabros. Ellos notaron, gracias a sus cabellos similares a los de la entidad demoníaca, su rebeldía: “esta cabra tendrá predilección/ por el pasto que crece entre las peñas/ despreciará muchas veces los pastos tiernos/ y requerirá de una estricta vigilancia/ para evitar que destruya el arbolado.” A lo largo de las páginas ella aprenderá a vivir aceptando esa condición sagrada sin dejar de disfrutar de los placeres terrenales.
Otro elemento interesante es cómo se desarrolla el concepto de “el doble” a lo largo de la obra. Casi al comienzo del libro se dice que: “Los partos de las cabras son a menudo dobles/ nace un yo y el yo”. Pienso en el doble que presentan Gilbert y Gubar, esa oscilación que suelen tener los personajes femeninos o, lisa y llanamente, las mujeres, debido a las presiones patriarcales y la hegemonía. Las mujeres deben elegir ser ángel, es decir, cumplir los parámetros que pide el patriarcado; o ser monstruo, e ir en contra de ellos. Las autoras señalan que, en obras como Jane Eyre, la heroína suele asesinar al doble monstruo, adquiriendo solo las cualidades útiles para su cometido. En esta obra se le da un giro a ello. Si bien hay figuras patriarcales y hegemónicas, como la Gobernación de la Montaña Andina que, por medio de las Buenas Prácticas Forestales, buscan imponer leyes y orden, la chupacabros parece obviar ese discurso y se quiere monstruosa, con sus “estalactitas” en la cabeza y su “ojo-sepulcro-océano”. Su monstruosidad parece ser una respuesta a ese orden establecido y a la destrucción de la flora y fauna endémica por el bien de la economía imperante. Este libro salió antes de que asumiera como presidente José Kast y demostrara su nulo conocimiento e interés por la naturaleza y el medio ambiente, pero aparece en el momento perfecto para apuntar con el dedo (o con todo el cuerpo) cuál es el enemigo y, en consecuencia, qué hacer para enfrentarlo. Las cabras de los cerros logran mantener un espacio de trinchera en el centro del cerro en el que pueden resistir por medio de rituales, el disfrute de las actividades más banales, la colectividad y, sobre todo, entendiendo que el doble es una proyección a la que se debe enfrentar para la liberación de las imposiciones patriarcales.
El discurso de resistencia y renovación no solo está en el contenido del poemario, también se cuela en la forma y las decisiones estéticas de Rocío Escobar. En la página veintisiete, en el fragmento que inicia con “Kristeva dijo” se encuentran cada uno de los puntos mencionados en el párrafo anterior y me hace pensar en el concepto “chora”. Kristeva lo define como el estado primigenio, la manera en que nos comunicamos antes de aprender a hablar el lenguaje simbólico. En este poema (y en todo el poemario) la hablante parece querer distanciarse de Kristeva, pero no del todo. Pretende romper el límite entre ese estado primigenio y su ser monstruoso, dejar salir lo que tiene adentro hacia afuera y muestra que aquello es idéntico a lo contenido ¿Pero cómo se relaciona esto con la forma? Para explicarlo tomaré las palabras de Francisca Perez, poeta que escribe el epílogo del libro: “El horror y el neobarroco no disfrazan la realidad, se hacen parte de ella”. El neobarroco o neobarrocho, como señala Soledad Bianchi, es un espacio de creación afín a la subalternidad y a la experimentación. Dos grandes exponentes del neobarrocho en Chile, Carmen Berenguer y Soledad Fariña, piensan y desarrollan ciertas alternativas en las que lo que quieren decir es tan importante como la manera en que lo van a decir. Estas visiones poéticas se preguntan por la lengua, arman y desarman el lenguaje para descubrir sonidos, texturas, colores y volúmenes acordes con lo que quieren expresar. Un ejemplo de sus resoluciones está en Sayal de Pieles, de Berenguer y en Albricia de Fariña. En las dos obras hay una relación con el chora, con querer alcanzar ese momento previo en el que la palabra se vuelve simbólica, ese en el que se mueve por los márgenes, crea relieves y sonidos, expresa ese doble oculto y, por supuesto, se distancia del falogocentrismo. Escobar parece tomar esa tradición neobarrocha y darle una vuelta osada. En el poemario se dice que: “el texto de mi lengua en la carne/ hace a su vez/ de breviario”. Esta idea hace volver a la dualidad y la idea del doble, señala que se busca el lenguaje primigenio pero no se quiere dejar de lado ese lenguaje simbólico que ella misma resignifica. Se puede observar una progresión a lo largo del poemario, pues en las primeras páginas se notan imágenes bucólicas y góticas que, a medida que avanza, se van convirtiendo en paisajes urbanos. Estas dos cabras, que son una (ambas monstruosas), entrelazan un lenguaje, por un lado, sonoro, corporal, neobarrocho; y por otro, uno limpio, artificioso, hiperconsciente y cotidiano. En el libro hay algo monstruoso e inquietante en las actividades comunes como comer ceviche, comprar una canasta familiar o vivir en una población. Hay unos versos que podrían servir para ilustrar lo que se ha dicho: “hay cualquier zapatilla/ ya no se ven los cables/ hablar de la pobla es siempre repetido siempre incompleto”. Esta reflexión metaliteraria podría ser un punto de inflexión de extrañamiento en el que se nos muestra que esta es una proyección de la realidad mas no busca ser realista. Otro momento similar aparece cuando menciona a diversos autores, artistas y personajes de la cultura pop saltándose el misterio de la intertextualidad y haciendo hiper-evidente el recurso. Esto se nota cuando dice: “yo soy la Laura Palmer batiendo la mandíbula/ en la habitación roja/ la Carmilla corte sigiloso/ la Misato por el pantano del abandono.” También en el poema que dice: “A mí me da de comer hoy Kendrick Lamar” ,“a mí me da de comer hoy La Cosa”.
La repetición va a estar presente a lo largo del poemario. No se puede obviar que es una característica neobarrocha que Soledad Bianchi toma de Sarduy, la del desperdicio, la que no solo se basa en llenar el vacío sino en trabajar con lo residual, con lo que no sirve. En este último tiempo en donde se impone el facismo por medio de trends como el clean look o ser tradwife, y ya parece no haber una salida de la destrucción de ecosistemas completos con el afán de producir, este libro invita a enfrentarse al doble animal que pide ver de otra manera el mundo, desde el margen; a tomar lo residual, replantearse qué es realmente sagrado o perpétuo, qué se nos ha impuesto pensar o ser; a mirar a ese doble monstruoso, escucharlo y, desde ahí, actuar. Quiero mencionar que esta crítica aborda solo algunos de los puntos de interés o temáticas relevantes de este libro, pues es una obra que merece un análisis vasto y, ojalá, diversos puntos de vista.




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