¿Y dónde están los caminos? Crítica a “Conoce los caminos” de Fernando Concha
- Catalina Vergara
- 15 abr
- 8 Min. de lectura

por Catalina Vergara
“Conoce los caminos” se ubica en el borde de lo profano y lo divino, la experiencia mundana y la celestial. En la lectura encontramos quince perspectivas de una fe enmarcada en una realidad contemporánea, que se deforma entre personajes adictos, se enreda en seres obsesivos o simplemente es contemplada. Los márgenes aparecen desdibujados; acciones como tomar un taxi o esperar una micro, por más cotidianas que sean, no son experiencias que escapen de la palabra Dios ni de los símbolos sagrados. Dios se manifiesta entre una conversación con un taxista, el símbolo aparece como animita espejada en un paradero bajo el sol; la fe está en la vigilia y en la ensoñación ¿Pero esta está impregnada en cada uno de los cuentos? A lo largo de esta crítica desvelaremos lo mejor logrado y lo que no se logró en este primer libro de Fernando Concha, publicado por Montacerdos el año 2025.
Antes de entrar de lleno al análisis, no puedo dejar de mencionar que no creo que sea casualidad que exista una obra de Hildegarda de Bingen que comparte nombre con la obra de Concha. Si bien hay una gran distancia entre ambas creaciones, hay algunas bifurcaciones que llaman la atención. La escritora mística y el escritor chileno se refieren tanto a la tensión entre lo humano y lo divino como la del delirio y la vigilia. Ella usa su cuerpo y escritura como intermediario entre las voces del cielo y el oído de los seres terrenales. En el caso de la obra de Concha parece querer responder esta acción a modo de canal entre un imaginario montado gracias a los vestigios de la fe del Chile del siglo XXI y los lectores. Hildegarda de Bingen, en pleno siglo XII, se enuncia desde la fe y expande sus propias visiones al papel. Concha, en cambio, se distancia de la creencia y por medio del artificio muestra variadas maneras de vivir la fe. Hildegarda experimenta en carne propia el delirio para llegar a la iluminación, a lo divino que comparte con sus lectores mundanos. Concha describe el delirio con palabras cotidianas y por medio de ellas intenta llegar a Dios.
El cuento “Tensión superficial” es el punto más álgido de la obra. Esta es una composición de varias entradas del diario del protagonista, un sacerdote que viaja por Chile y solo escribe acerca de cómo Jesús pudo haber caminado por el agua. A medida que avanzan los días nos vamos enterando de los pensamientos del sacerdote, de su deseo profundo por caminar sobre el agua, de sus investigaciones teológicas sobre qué santos o personajes han logrado la hazaña y de la ciencia que podría hacer posible su cometido. El relato es preciso y funciona como el cuento moderno descrito por Piglia; accedemos a la punta del iceberg, a lo poco que nos cuenta que hace el personaje, y nos preguntamos por la historia oculta a lo largo de todo el cuento ¿Por qué viaja tanto? ¿Qué hace diariamente además de pensar en el delirio de caminar sobre el agua? ¿Qué dice de su fe preguntarse el motivo científico de que Jesús camine sobre el agua y querer igualarlo? Vemos la cotidianeidad a través del registro del sacerdote, una realidad en la que no importa nada más que dejar registro de los sueños, del delirio, del roce con lo divino. En uno de los días dice: “El único significado de los sueños está en cómo afectan la vida diurna” (89). En el relato el sueño es un punto central y se puede decir que así como casi siempre solo somos capaces de recordar fragmentos de lo que soñamos, el autor elige con sabiduría el fragmento como estructura del cuento.
Si bien las tensiones divino-humano y delirio-realidad son coherentes a lo largo de la obra, hay problemas que se repiten y distancian al lector de la experiencia de lectura, uno de ellos es la tendencia de llevar el extremo dos estilos o dos voces dentro de un mismo cuento sin evidenciar una relación concreta. Se entiende que en la forma se evidencia esta tensión delirio-vigilia y humano-divino por medio de la contraposición entre dos estilos escriturales diferentes, pero para que eso funcione y se lea de forma cohesiva es necesario que cada fragmento esté pulido, funcione por sí mismo y la relación sea evidente. Esto falla en varios cuentos, como en “El teólogo” o “La Tierra Prometida” pero basta con dar un ejemplo para entenderlo: el de “La luz”.
En “La luz” se nos narra un fragmento de la vida de un posible Antares de la Luz al que se le llama Ramón. El texto comienza a modo de ensayo e intenta elevarse con imágenes que buscan ser poéticas pero se quedan en lo inconexo. Aún así, ese no es el problema principal, pues no es imprescindible encontrar poesía en un texto que quiere ser tanto y no busca ser un poema; el problema es que los fragmentos no funcionan por sí mismos ni se cohesionan al punto de que se justifique el cambio de registro. El ritmo es fluido y hay algunas relaciones bien logradas, como la referencia a Leonel Lienlaf, pero el cambio entre el fragmento ensayístico y el narrativo no se justifica lo suficiente en la lectura, pues incluso comenta que los pensamientos que hay al inicio ni siquiera son del protagonista. El salto entre lo que está pensando el narrador y lo que procede a contar sobre el personaje Ramón queda claro, pero cada fragmento no se sostiene por sí mismo como para que se justifiquen sus existencias simultáneas. Pienso que el quiebre fue creado con intención, que es una manera de expresar en la forma el fondo, es decir, de poner a nivel estructural la contraposición de lo humano y lo divino. Sin embargo, a lo largo de los párrafos en el que se cuentan los sucesos cotidianos de Ramón, se vuelve a las ideas del inicio, rompiendo así esa posible lectura. Cuesta reconocer en estas páginas al autor del cuento “Tensión superficial”, cuya prosa es certera y no yerra a la hora de elegir el registro para contar la historia.
Tanto en los cuentos anteriores como en “Señora” hay un elemento narrativo extraño que llama la atención. Parece ser un sello del escritor, que de vez en cuando en la lectura, aparecen frases que poco se relacionan con el contexto y que pretenden funcionar como figuras poéticas en medio de una secuencia narrativa. Fue el mismo Bolaño el que dijo que, para él, la mejor poesía del siglo XX está escrita en prosa y lo ejemplifica con Proust o Kafka. A la hora de escribir, de intencionar la narración hacia un estilo poético es inevitable dialogar con autores que lo hacen tan bien como los mencionados, aunque es muy probable que no se llegue a lograr del todo; de todas maneras, en este libro hay veces en las que se nota, al menos, un esfuerzo y otras donde se lee de forma clara que ni siquiera se intentó. La poesía es más que una imagen suelta en medio de un paisaje y en la narración puede ser una gran aliada para apelar a la emoción del lector o para proyectar una imagen concreta. En “Señora” esto último se logra cuando aparece en el relato el ángel, en medio del delirio del protagonista: “El eucalipto y la miel son mis ungüentos (...) Os sabré mirar con mis ojos de paloma” (25). Aparecen imágenes claras y concretas. Sin embargo, pocas veces vuelve a suceder a lo largo del libro. En los demás cuentos la imagen entorpece la narración en vez de hacerla dialogar en niveles más profundos. En “Historia de una Insolación” seguimos la experiencia de una persona que espera a su hermano sentada en la cuneta de una calle. El único elemento divino en este fragmento realista está en la animita que se queda mirando. La luz del sol lleva a la protagonista hasta el estado de delirio en el que parece relacionarse con la animita. Lamentablemente en este cuento hay imágenes que se pierden hacia el final, por lo que no llega a ser completamente entendible. El texto inicia muy pulido, pero ya en la segunda página hay elementos que complican la lectura como la frase “Cosas blandas caen sobre cosas blandas”. En una reseña de Carlos F. Grigsby, justamente defiende esta línea categorizándola como poética; no podemos llamar poético a todo lo abstracto o a lo que no entendemos. Las cosas blandas podrían ser los peluches que aparecen en dos párrafos después y eso podría sugerir que el autor está jugando con la temporalidad y la estructura del relato, pero para eso la primera imagen debería tener como mínimo un componente concreto y no lo tiene.
El cuento homónimo que aparece en el libro menciona a Hildegarda. No creo necesario comentar demasiado de este cuento, pues entraría a redundar en lo que ya se planteó, así que me centraré en la mención a la mística. Una vez, en una entrevista, Raúl Zurita dijo que si uno hacía uso de una referencia, para que esta funcionara, debía estar al nivel del texto original. Pienso que basta con que haya conciencia por parte del autor del potencial de la obra referenciada para que al menos cumpla parcialmente su cometido. Acá no se logra. Ver reducida la obra de Hildegarda e incluso su figura a un párrafo casi forzado en el que se busca dar profundidad a un personaje adolescente en medio de un relato que dista del registro del libro es lamentable. El párrafo comienza con: “Traté de cambiar el tema. Le hablé del libro de Hildegard von Bingen que nos había dado Ruiz. Tenía visiones, hacía poemas, obras de teatro…” (34). Como se nota en estas líneas, es una mención insignificante en cuanto a trama. Luego, el otro personaje responde ante este comentario una frase corta y sosa que deja a la protagonista triste y decepcionada, pues ella esperaba más. Eso mismo sentí tras la lectura de este cuento y su falta de rigor a la hora de incluir otros textos en la narración. Este suceso me llevó a preguntarme sobre los referentes directos de Concha y me topé con una entrevista en la que él dice cuáles son y, además, da una declaración bastante cuestionable: “En general, leo mucha literatura argentina y uruguaya: Di Benedetto, Falco, Levrero, Felisberto, Schweblin, Selva Almada, Sara Gallardo, Liliana Heker. Del otro lado de los Andes se escribe con mayor amplitud de miras, al menos en lo que respecta a la prosa.” Lamentablemente no hay nada de Schweblin o Almada en este relato, pero al menos su propio cuento le servirá de argumento para su triste declaración sobre la poca altura de miras de la narrativa chilena. Cabe mencionar que no estoy de acuerdo con esa declaración, pero no profundizaré al respecto en esta crítica, pues este es un análisis del libro como tal.
En resumen, este libro destaca en cuanto a las temáticas que aborda. Es necesario retratar la realidad de un territorio que tiene tan afiatado en la cotidianeidad el componente de lo divino. Se nota el potencial del autor en ciertos pasajes mencionados y en el cuento “Tensión superficial”. Sin embargo, se diluye en la inconsistencia a la hora de entrelazar el estilo tradicional del cuento con otros géneros como el ensayo, en pretender una prosa poética que no cuaja y en referenciar sin esfuerzo aparente a una gran escritora. La propuesta es llamativa, los cuentos no tanto. Conoce los caminos deja una gran incógnita, entre tantos fragmentos desarticulados: ¿Dónde están esos caminos? ¿Hacia dónde llevan?




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